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Jaime Bedoya recuerda a Los Colosos del Catch peruano

Wikimedia/Gentileza
La máscara, casi una constante entre los luchadores. Detras de ella se ocultaban generalmente personas nobles y sacrificadas.

Jaime Bedoya
Lima, Perú

Al menos durante un verano perdido de los 70, en el viejo barrio de la avenida Dos de Mayo de San Isidro, un inopinado e imprevisible lugar acabó siendo el punto neurálgico de los prepúberes del vecindario: la lavandería American Dry Cleaners. Por entonces, misterios del marketing, el centro de limpieza era el lugar de exhibición de los maestros del Yo Yo Rusell Profesional. Y de la Paleta Pelota Kolynos. Y de cualquier otro sano adefesio canjeable por chapitas de gaseosas flatulentas o tubos vacíos de pasta de dientes que tarde o temprano habrían de caer. Estos juguetes pasajeros tenían una misión noble, a saber, involuntariamente cimentar los recuerdos de ociosos y mejores tiempos. Lo anterior se comprueba ahora cuando uno se encuentra por la calle con una versión añeja y oxidada, hecha de latón, del anciano de bigotes y traje a rayas que representaba a esa cadena. Su presencia establece un paréntesis atemporal en el que cualquier adulto joven medianamente sensible puede sentir vívidamente el dulce desgarro de ser engullido por el paso el tiempo. En esas tertulias de lavandería me enteré de la existencia de un mundo rudo y heroíco. Y por lo mismo rudo y guerrero. Sucedió la tarde que alguien dijo que seguir practicando paseando el perrito con el yo yo era una femenina pérdida de tiempo cuando a esa misma hora, en vivo y en directo, transmitían Los Colosos del Catch desde el coliseo Amauta.

El teatro coliseo Amauta, (a) El Coloso de Chacra Ríos, era una fallida plaza de toros que lo único memorable que suscitó para la tauromaquia es que resultó siendo escenario de una cachetada que Manuel Ochoa Rovira, papá de Emmanuel, le propinara a Luis Miguel Dominguín, papá de Miguel Bosé. El fuerte viento que corría, enemigo mortal del toreo, transformó la arena de nombre quechua (Amauta = Maestro) en techado escenario de circo que contravenía el supuesto guiño pedagógico de su nombre. En lo setentas el catchascán llegó a él dejando atrás el más modesto escenario del coliseo del Puente del Ejército, siempre estructuralmente a punto de caerse al Rímac, con el añadido tecno de la señal televisiva en dramático blanco y negro. Desde los años 50, como efecto expansivo de la influencia mexicana en cine, música y costumbres romántico etílicas, las peleas públicas de lucha libre habían encontrado campo fértil en Lima. El empresario boxístico Max Aguirre fue el pionero en la materia, estableciéndose inclusive una escuela de catch que duraría hasta 1965, años en que los del Yo Yo íbamos naciendo. De esa época primigenia del catch peruano resalta la figura legendaria del Yanqui, jefe de carpintería de la Beneficiencia Pública que legó al deporte fungiendo de gringo, y al habla popular de la ciudad, con una llave emblemática, "el avión", que consistía en, cogiendo al rival por detrás y apoyando un pie en su espalda, estirarle los brazos en diagonal y hacia los lados, palanqueando dolorosamente las articulaciones dorsales. Lingüísticamente hablando, hacer el avión se popularizó como metáfora idiomática de sorprender alevosa y criollamente a alguien, por la espalda, pero con una dosis de sinvergüenzería carismática.

Mentiría si recuerdo la pavloviana buena nota que obtuviera como requisito para ir al Amauta. No descarto el plagio. El hecho es que un día, cubierto de piel de gallina y escondida la máscara de Huracán Sánchez en la casaca de astronauta de Oeschle, me encontré sentado frente al ring. La dramaturgia dialéctica del cuadrilátero la conocía de memoria. El universo de los colosos era simple y honesto: se dividía entre los rudos y los técnicos, o sea, el bien y el mal. Los primeros, inescrupulosamente tramposos, recurrían sin miramientos a prácticas vedadas tales como el golpe a puño cerrado o el uso de manoplas. A más ilegal el golpe del rudo, más reconfortante resultaba la supremacía del técnico, el mismo que durante la pelea trazaba una parábola que indefectiblemente pasaba por una crisis aparentemente irrecuperable antes de remontar la pelea a su favor. Rudos eran el Loco Cardenal, La Momia, El Vikingo, Atila y Super Cholo. Técnicos eran Huracán Sánchez, Super Demon, El Zorro y Robin Hood. Contándose entre sus variantes mas endebles a Pepino el Payaso , El Hippie, que llegaba al ring acompañado de esbelta hippie descalza y en minifalda, y el venerable Don Quijote, esmirriado sexagenario con armadura de latón que sin saberlo encarnaba a cabalidad la premisa sustancial del Ingenioso Hidalgo: la causa perdida.

La clásica llave de el avión seguía vigente, viniendo ahora acompañada de una variedad ortodoxa en la cual no podían faltar el tacle volador, la tijera (un tacle pero atenazando el cogote del adversario con las pantorillas), la granada (coger al rival y estrellarlo contra el suelo) y el mortero ( recibir con el codo al pobre adversario que previamente se hacía rebotar contra las cuerdas). Pero la toma climática por excelencia, al ser susceptible de presentarse sucesivamente en un largo y electrizante intercambio entre dos luchadores, era la doble Nelson. El conocimiento práctico de las tomas lo había adquirido en casa, en desmedro de mis dos hermanos menores, sobre el ring imaginario de la cama paterna.

Esa única noche en el Amauta, engullendo con nerviosismo un piqueo chatarra infantil ya inexistente que consistía en bolitas de insufladas de aire y sustancias cancerígenas coloreadas -Tico Ticos se llamaban- fui testigo de un evento epónimo en la corta pero pundonorosa historia del catch peruano. Era la pelea "pelo contra mascara" entre El Vikingo y Super Demon. Si ganaba el primero Demon perdía el incógnito en público, reduciéndose su condición de leyenda al de un ciudadano de a pie ganándose el pan. Si ganaba el segundo El Vikingo sería rapado a coco. El renombrado estilista Silvio Coffiure, peinador que hacía y deshacía los moños de las esposas de los poderosos generales del gobierno militar de turno, lucía expectante a un lado del ring con refulgentes tijeras en mano por si sus servicios fueran requeridos. En realidad, para el Vikingo peor castigo que el rape hubiera sido darse un baño.

La rutina de la pelea fue según la coreografía de rigor. El técnico empezó siendo demolido deslealmente por el rudo, manopla en mano que escondía entre las mallas ante el referi cada vez que el público reclamaba. Un eventual tacle de Super Demon le salvaba el prestigio. Pero hacia el momento definitivo, y a pesar que el técnico yacía ilegalmente atrapado entre las cuerdas y enceguecido por el limón que el rudo habíale aplicado en los ojos (y manopla y cítrico, todo salía de la misma encurtida malla), El Vikingo le aplicó una extra reglamentaria doble Nelson que lo obligó, humano era, a golpear el hombro de su rival en señal de rendición. El Amauta era un escándalo. Los Tico Ticos hervían en mi estómago. Recibíamos una primera y rápida lección del turbio triunfo de la injusticia en la vida. Lentamente el referi empezó a desamarrar la azul máscara de Super Demon ante la desazón de la audiencia que emitía un continuo y plañidero ¡noooooo!. El técnico no podia levantar la cerviz. Y cuando ya una porción cotidiana de su nuca dejaba ver que posiblemente había un chofer de taxi o un pescador detrás del luchador, un grito y una luz cenital derivó la atención hacia un lado del ring: un extraño personaje de melena blanca e inmensos bigotes de igual color, con dos pares de anteojos -uno sobre los ojos, otro sobre el sombrero- reclamaba un duelo con el rudo para salvar la identidad de héroe caído. El gesto provenía de Hugo Muñoz de Baratta, actor cómico de la televisión nacional a todas luces ajeno al ejercicio físico y al que se conocía por el pleonasmo bilingue con el cual se refería a su interlocutor, sea quien fuera: Mi Querido Mon Cheri.

De velorio, el Amauta mutó a manicomio. Mon Cheri compensaba su absoluto desconocimiento de la lucha libre con alivio cómico que fue bálsamo para el angustiado público infantil. Otra lección de vida. El humor era una arma. Pero el desenlace de ese momento supuestamente improvisado ya tenía un guión. Al cabo de humillar durante un buen rato al Vikingo con sus pachotadas, Mon Cheri fue finalmente víctima de la fuerza bruta del bárbaro, quedando semi inconsciente sobre la lona. Fue entonces que cual ave fénix a medio desenmascarar, Super Demon recordó de que madera estaba hecho y acabó rápidamente con el execrable tras una sucesión impecable de tacles y tijeras que devinieron en estrangulamiento según los cánones. Una ambulancia s acercó hasta el ringside para llevarse a un desmayado Mon Cheri que salió del Amauta ovacionado como lo fuera Aquiles luego de asaltar Troya. Super Demon, renqueando, se dio tiempo mientras salía para tomarse fotos y firmar autógrafos. Una epopeya clásica en carne y hueso, a colores, en Chacra Ríos.

Pasó el tiempo, y pasó lo que tenía que pasar. Llegó el acné, el interés por las chicas y la bicimoto. Y un día en la vitrina de la tienda de deportes Boca que quedaba en la avenida Diagonal vi un librito llamado Catch As Catch Can - Aprenda los Trucos del Entretenimiento Deportivo del Moda. La constatación por escrito de lo impostado. La desilusión se reflejó en lo que sucedió con un long play que nuestros padres trajeron de Argentina en un viaje. Era el disco de Titanes en el Ring, versión argentina del fenómeno del catch, donde Martín Karadagián y su legión de luchadores dejaban sonar las infaltables músicas de fondo que acompañaban la salida de cada gladiador. Aún puedo cantar la canción del Coreano Sun, un rudo de temer: es astuto el Coreano Sun, con el judo mata pero no es verdad / No le temo al Coreano Sun, tiene mucha pinta pero nada más / Coleano, coleano (sic), déjale un huesito sano.

El disco no duró una semana. Al cabo de ese tiempo furiosas manos adolescentes lo habían rayado sin piedad con un tenedor. Lo propio había sucedido hacía poco con el disco de Topo Gigio y del Tío Johnny. Una manera torpe e inconsciente de terminar con la infancia. O de vengarse del paso del tiempo, el más cochino de los rudos. Justo esta mañana, más de treinta años después, mi maestro de artes marciales me contaba que él había conocido en un curso de defensa personal en la policía a quien hacía de Super Demon. Se apellidaba Caballero y era lo propio. Un tipo de primera, noble, honrado, prolijo. Era tartamudo. Pero que nunca necesitó actuar. Era Super Demon.

» Hable con Jaime Bedoya

Jaime Bedoya G. M. nació en Lima, es periodista y escritor, ha publicado Ay Que Rico (Mosca Azul, 1991), Kilómetro Cero (Mosca Azul, 1995) y Mal Menor (Norma, 2004). Vive en el Perú.

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