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AFP
La liberación de 15 secuestrados es el más reciente golpe que reciben las Farc este año.
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El espectacular rescate de 15 secuestrados que estaban en poder de la guerrilla más vieja del continente, las Farc, en plena selva en el oriente colombiano, tiene un impacto mayúsculo en la política de este país. Esta estratagema que el Ejército bautizó Operación Jaque, y fue una especie de Caballo de Troya, que llevó a los guerrilleros a entregar voluntariamente a sus secuestrados mientras su comandante reía, dibujó otro escenario de futuro en tres aspectos:
Primero, dejó a las Farc en verdadero jaque. Segundo, surgen nuevas figuras presidenciales con inusitada fuerza. Y tercero, lo más importante, por primera vez se avizora con certeza que el actual presidente Álvaro Uribe, ya en su segundo mandato, tiene una razón poderosa para no presentarse a un tercero, algo que hasta ahora se daba por hecho.
Miremos cada uno.
1. Las Farc en jaque
En el último año, las Farc han recibido golpes por todos lados: a fin de marzo pasado murió de viejo su líder y fundador, el legendario Manuel Marulanda; en marzo también, murió abaleado su canciller Raúl Reyes en las selvas ecuatorianas y con él cayeron sus tres computadores portátiles que dejaron aliados, contactos y modo de operar de esa guerrilla completamente al desnudo; y la tercera de marzo, fue una traición de uno de los suyos que mató al miembro del Secretariado, Iván Ríos a cambio de un puñado de dólares (¡bueno, más que un puñado porque fue casi un millón!). El Judas le cortó la mano para probar su cobarde hazaña.
Luego siguieron más y más derrotas, pequeñas, como la constante deserción de hombres y mujeres, ya no de jóvenes aventureros recién entrados a sus filas, como suele ser lo usual en estos grupos irregulares, sino de veteranos de diez años y más. Entre enero y abril se fueron de las Farc 129 de éstos mandos medios. Estaban cansados de guerra, con hambre, sitiados, desencantados, como me dijo uno de ellos: "yo me metí a luchar por un pueblo y después me ordenaban atacarlo y saquearlo, no tenía por qué seguir".
Y derrotas grandes, como cuando se entregó Karina en mayo pasado, la única mujer miembro del Estado Mayor Central de las Farc. Y ahora sus frases invitando a sus camaradas de guerrilla a dejar la guerra salen en avisos de televisión pagados por el Ejército.
Todos estos golpes militares eran de alguna manera recuperables: reemplazan a unos hombres por otros y todavía les quedan suficientes jefes para mandar. No así, la Operación Jaque. La guerrilla le apostó primero al secuestro común por dinero como una forma de financiación, y luego al secuestro político, como un eficaz medio de doblegar al Estado y, como cuatro de ellos tenían otras nacionalidades, también conseguir la atención del mundo.
Medios ilegítimos para conseguir resultados rápidos, pero frágiles. Por ello pagaron todo el costo político. Una guerrilla tan descompuesta que usa hombres y mujeres desarmados, esclavizados, durmiendo con cadenas al cuello, como palanca para su chantaje, se ganó un bien merecido odio.
Les quitaron lo más preciado de su botín, la colombo-francesa Íngrid Betancourt y los tres estadounidenses, Stansell, Gonsalves y Howes. Y se quedaron sin nada, sin palanca para chantajear, y sin prestigio para ser tenidos en cuenta. Les quedan muchos secuestrados por dinero, y unos veinte por política, pero ellos ya saben que en cualquier momento se los arrebatan, cualquiera los traiciona, los entrega. Por eso, y también porque la presión del Ejército los tiene incomunicados entre sí, aislados del mundo, con dificultades para proveerse, las Farc deben estar considerando seriamente sacar la bandera blanca.
Por primera vez desde que existen en 1964, son ellos, y no el Estado, el que debe buscar desesperadamente una negociación de paz, y desde la debilidad. Si no lo hacen corren el grave riesgo de desmoronarse en grupúsculos de delincuencia común y narcotráfico, desperdigados por la compleja geografía colombiana.
2. Íngrid y Santos, presidenciables Lo segundo que cambió es que se dispararon dos figuras, que hasta ahora no tenían mayor posibilidad, como posibles Presidentes de Colombia en 2010. La primera es obviamente Íngrid Betancourt. Moderada, dulce y especialmente lúcida después de seis años y medio de cautiverio en las condiciones más humillantes, Betancourt se conquistó a la opinión pública rápidamente. Un encuesta de Gallup encontró que su imagen positiva está por las nubes (84 por ciento) casi a la par de la del popularísimo presidente Uribe; y según otra de la revista Semana, si las elecciones presidenciales fuesen hoy, ella ganaría con el 31 por ciento de los votos.
La otra figura que se volvió presidenciable después del rescate de película es el ministro de Defensa Juan Manuel Santos. De una familia tradicional y poderosa de Bogotá, dueña del principal diario nacional, El Tiempo, Santos lleva una vida aspirando a la Presidencia. Quizás la falta de carisma y la imagen que ha proyectado de excesiva cercanía a los poderes tradicionales, lo mantenían siempre con pocos puntos de popularidad.
Los múltiples éxitos de la Fuerza Pública bajo su liderazgo, cerrando con el último broche de oro del rescate de los secuestrados que exigió inteligencia, astucia y temple, lo sitúan más próximo a la Casa de Nariño de lo que nunca estuvo en su larga carrera política en la que ha sido ministro de Hacienda (economía), de Comercio Exterior y de Defensa de diferentes gobiernos.
3. Uribe no va a la tercera
La tercera consecuencia del espectacular rescate es quizás la más importante de todas: el presidente Álvaro Uribe puede ahora sí, con toda tranquilidad, tomar la decisión de no presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales. Fue elegido en 2002 por cuatro años, pero en 2004 su gobierno logró que el Congreso modificara la Carta magna para instaurar la reelección inmediata de presidentes. (Hoy sabemos que fue un logro con métodos no tan limpios. Hace unas semanas, la Corte Suprema de Justicia condenó a una ex parlamentaria con el original nombre de Yidis, a varios años de cárcel, por haber vendido su voto a favor de esa reforma a cambio de prebendas burocráticas para sus protegidos políticos). En 2006, como se esperaba, Uribe volvió a ganar, esa vez con una votación histórica.
Él no ha dicho nada aún, y sus seguidores están a toda máquina recogiendo firmas para aprobar un referendo que vuelva modificar la Constitución para que, esta vez, permita una tercera elección para los presidentes colombianos. Sin embargo, la obsesión de Uribe más que de quedarse en el poder, es la de acabar con la guerrilla. La Operación Jaque lo pone tan cerca de alcanzar su meta que ya no tiene sentido quedarse en el poder.
Además le preocupa su legado histórico, y sabe que si no cede a la tentación de perpetuarse, se consagrará como el Presidente que puso a Colombia más cerca que nunca de resolver su conflicto armado interno. Sabe que, por el contrario, si se lanza a la tercera elección, entra al dudoso club de Menem y Fujimori, que más que ser recordados por sus logros (derrotar la inflación o a Sendero Luminoso, respectivamente) bajaron a los abismos de la opinión mundial como saboteadores de las frágiles democracias de sus países. Y menos aún quiere quedar en la categoría de Chávez, frente a quien se siente el opuesto en todo.
Terra Magazine
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