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Mientras los paramilitares se unieron al conflicto por falta de empleo o por venganza, los guerrilleros suelen conservar su credo cuando se desmovilizan.
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- Son distintos a pesar de que tienen el nombre común de reinsertados.
- ¿Por qué son distintos?
- El que fue paramilitar no te mira a los ojos; en vez de trabajar prefiere el engaño o el atraco; es alguien que vive su conflicto a todas horas. El ex guerrillero te mira de frente, le ha dado la vuelta a la hoja del conflicto y está en otra cosa, no busca sobrevivir sino hacerse una nueva vida.
- ¿Y cómo se explica esa diferencia?
- Porque el antiguo paramilitar se vinculó no por convicción sino para resolver algún problema de comida, de empleo, de venganzas. Son personas con alma de mercenarios, que siempre fueron conscientes de que asesinaban o abusaban sin motivo; por eso no logran superar su sentido de culpa; el ex guerrillero, en muchos casos, tuvo y aún mantiene un credo político. Al desmovilizarse no abandona ese credo, solo deja atrás la organización y sus métodos y se reintegra a la sociedad con la idea de haber contribuido.
La socióloga con quien converso, ha trabajado más de un año con reinsertados dentro de un proyecto oficial que adelanta actividades de postconflicto.
El postconflicto, un proceso
Colombia está viviendo una situación de postconflicto a pesar de que aún se mantienen activos el ELN, o las Farc, lo mismo que los grupos emergentes de autodefensas. No se trata de un optimismo prematuro e irreal, sino de la certeza de que el fin de la guerra y el comienzo de la paz no se darán en un día y una hora precisos, sino que constituyen un proceso gradual, y ese proceso ya ha comenzado.
La alegría colectiva con motivo de los distintos eventos de liberación de secuestrados -el más importante, el 2 de julio- ya es parte de ese proceso. Los relatos de los liberados han puesto a los colombianos ante una realidad de postconflicto. ¿Cómo reintegrar a estos colombianos a la normalidad de sus vidas como miembros de una familia y de una sociedad?
Porque son personas que no solo traen en su piel y en su organismo las marcas del cautiverio, que de eso se encargan los médicos; traen además las huellas de un secuestro bajo normas crueles y de total desprecio de la dignidad humana. Son las marcas más difíciles de borrar y de esas se tiene que hacer cargo la sociedad.
Las marcas
Los relatos de los liberados coinciden con los de los sobrevivientes de los campos de concentración en tal forma que sobre esas cárceles de la guerrilla cae la misma condena que la humanidad ha hecho de las prisiones nazis o de los GULAG soviéticos. Pero más importante que eso, ya se ha hecho la identificación de las marcas, iguales las de ayer a las de hoy.
Los que han regresado han manifestado en libros testimoniales o en sus entrevistas a los medios, el impacto de su encuentro, cara a cara con la muerte; bajo la forma del terror de todas las horas, de morir bajo las balas de sus carceleros o del ejército en un enfrentamiento o desde los helicópteros. También estuvieron frente a la muerte como solución: "escoger entre la vida y la muerte era la última oportunidad de conservar la dignidad", escribió Hanna Kroll al recordar su experiencia del ghetto de Varsovia. Ese cara a cara constante con la muerte deja una huella, positiva o negativa, pero huella.
También llegaron marcados por el sistemático atentado contra su dignidad. La imposición brutal de la voluntad de un carcelero, la violación diaria de su intimidad, el constante desprecio, el sometimiento sin concesiones, las cadenas, permanecer atados a un árbol. En un campo nazi Arie Wilmer exclamaba: "no queríamos salvar nuestras vidas, sino mantener nuestra dignidad de hombres". "Eran condiciones que no permitían a los hombres seguir siendo hombres", afirmaba otro sobreviviente. Los que han sido liberados, llegan a sus hogares y a la sociedad con esa huella, intentan borrarla, anota Todorov (Frente al límite) "con el baño cotidiano, con la libre expresión, con la búsqueda de pareja conveniente".
Pero la más profunda cicatriz es la que altera sus relaciones con los otros. Póngase usted en el lugar de alguien que todos los días está con hambre y con sed, enfermo, incapaz de dormir porque la cadena o las angustias le pesan: ¿aún podría ser amable? Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz reflexionaba: "las presiones eran tales que las actitudes morales se hacían imposibles". "Todos los sentimientos humanos se nos habían arrebatado", decía uno que volvió a vivir después de 25 años en los campos de concentración soviéticos. La sociedad o la familia que está recibiendo a los liberados no suele comprender, o comprende con dificultad, este contexto.
El reconocimiento reiterado y público de Ingrid al cabo primero William Pérez testimonia la existencia de una huella buena; la que deja el descubrimiento de que aún en la peores condiciones de inhumanidad hay espíritus generosos más fuertes que la crueldad de los carceleros. Este hallazgo también hace parte de la operación de postconflicto.
Se echa de menos en nuestros días, en cambio, un pensamiento como el de Gustavo Herleg, quien al examinar la historia de los que salieron vivos del infierno del secuestro, concluyó: "No hay mayor absurdo que juzgarlos por acciones que ellos cometieron en condiciones inhumanas". La comprensión también es parte integrante de la solidaridad del postconlficto.
Terra Magazine
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