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Cortesía
¿Qué había sucedido para que Margarita cambiara una vida junto a la elite intelectual y artística europea por una hacienda de ganado lanero en el Cono Sur?
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En 1933, Margarita Respinger viaja desde Suiza a Chile recién casada para iniciar una nueva vida en una hacienda lanera cerca de Concepción. Margarita no sólo cambiaba el territorio, desde el centro de Europa al Cono Sur de Sudamérica, sino que mutaba también el paisaje desde lo más urbano a lo más rural. Pero sin duda el mayor cambio era el cultural: Margarita Respinger abandonaba una vida en el centro de la creación artística y cultural de la Europa de la primera mitad del siglo XX, una vida que oscilaba entre Berna, Viena, sus vanguardias y el psicoanálisis, y la efervescencia del pensamiento filosófico en Cambridge. Un trasiego que había realizado junto a una muy especial compañía: durante casi una década había sido la novia de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), una de las piezas fundamentales para la filosofía del siglo pasado.
¿Qué había sucedido para que Margarita cambiara una vida junto a la elite intelectual y artística europea por una hacienda de ganado lanero en el Cono Sur? Esta es una de las preguntas que se hizo Mario Boero cuando comenzó a estudiar la vida de Wittgenstein. Tras escribir en 1998 una biografía del pensador vienés, Boero, también filósofo y teólogo madrileño nacido hace 50 años en Chile, publicó recientemente La Novia de Wittgenstein (Madrid, Ed. Visión Net), ensayo histórico biográfico sobre esta faceta del filósofo y su relación con Margarita, en aquellos años voluntaria de la Cruz Roja. Tras una larga investigación, Boero pudo observar esta vez al filósofo a través de la mirada de su novia.
Hay, posiblemente, dos motivos más o menos evidentes para comprender la separación de la pareja. El deseo de Margarita, ya cerca de los 30 años, por casarse, por formar una familia, la que finalmente creó en Concepción; y la indefinición permanente de Ludwig. Una indecisión que cruza no sólo el espacio que ocupa Margarita en relación con su pensamiento y creación filosófica, sino, también, la reflexión -no sin angustia y tormento- de Wittgenstein con el sentido ético de su vida, con el objetivo de una vida.
¿Motivos políticos para el largo viaje de Margarita? Wittgenstein, aun cuando de ascendencia judía, era profesor estable en Cambridge desde finales de los años veinte. Margarita, era suiza. Las razones de abandonarlo, de "escapar" hasta el otro extremo de mundo, fueron otras: "Cuando la novia de Wittgenstein decidió abandonar al pensador -dice Boero- lo hizo por una serie de motivos personales. En primer lugar, Margarita Respinger estaba cansada de las eternas ambigüedades de Ludwig respecto a la pareja que podían formar..." Y habían también otros, más profundos: "Margarita conocía el itinerario de los escrúpulos de Wittgenstein, que con frecuencia acababan en confesiones compulsivas respecto a lo malo y perverso que se sentía en este mundo de los mortales".
Boero inicia la relación del filósofo con Margarita desde Viena a mediados de los años veinte, desde el palacio en la Alleegasse, hogar de su familia de la alta burguesía vienesa -su padre es un rico industrial del acero-, sigue por sus clases de profesor primario en una aldea austriaca, su participación en la Primera Guerra Mundial y su prisión en Monte Cassino en 1919, la construcción y viajes a la cabaña en Skjolden, Noruega, la edificación junto a su amigo el arquitecto Paul Engelmann de la vivienda en Kundmanngasee -"la lógica transformada en casa", hoy rescatada como patrimonio nacional- a su amistad en Cambridge con Bertrand Russell y John Keynes.
Durante dos reuniones con Boero en Santiago de Chile este invierno austral, surgió como tema en la conversación uno de los ejes inspiradores de su libro, el que lo diferencia de los diversos y numerosos estudios y biografías sobre el pensador vienés: la relación afectiva entre Wittgenstein y Margarita Respinger y las reflexiones, o tal vez nostalgia, que fluyen desde Concepción cuando ella recuerda su vida europea. Reflexiones, recuerdos, que desarrollados como un ejercicio de ficción, advierte Boedo, pertenecen sin duda al pensamiento del autor: la relación entre dos mundos, la transferencia cultural, la circulación del pensamiento filosófico.
¿Qué conexión podía hallar Margarita entre los salones y galerías centroeuropeas, entre el arte de Klimt, de Kokoschka, entre la gestación del pensamiento freudiano -de la que ella era seguidora- y la crianza de ganado o la cultura de la etnia mapuche? A decir de Boero, nada. En Chile, con una academia que respiraba entonces con energía las corrientes hegelianas y kantianas, donde el pensamiento de Heidegger apenas comenzaba a tener alguna resonancia en ciertas cúpulas intelectuales, no había aún interés por Wittgenstein. Y si ello ocurría en la capital, la zona rural de Concepción tenía otras y muy diferentes prioridades.
Una relación entre los extremos
La elevada cultura centroeuropea y el sur de Chile, que es también la naturaleza. Pero distancias, finalmente. Más separación que conexión. Porque no dejaba de ser problemático para Margarita carecer de antecedentes culturales de la nación que la acogía, o que la nación careciera de aquella cultura. "Para ella el arte, la cultura, lenguaje o pensamiento siempre habían sido valores dignos de tener en cuenta". Margarita, relata Boero, en ciertas ocasiones se sentía extraña dentro de ese contexto humano que le proporcionaba Concepción. El cambio, el salto, no podía ser mayor.
Hay que considerar que después de abandonar a Ludwig, Margarita se casa, no con un filósofo, sino con un destacado empresario industrial de origen escandinavo para iniciar en Chile su nueva vida. "Tal vez -escribe Boero- anticipaban las persecuciones y el holocausto nazi, pero la verdad de las cosas es que la distancia entre Austria y Chile facilitaba a Margarita olvidar y borrar cosas especialmente incómodas y tensas vividas con Wittgenstein. Sin embargo, Margarita también recordaba en Chile las cosas hermosas vividas, como las visitas sorpresivas que ella le hacía a Cambridge para escuchar parte de esas Lecciones sobre estética, psicología y creencia religiosa que Wittgenstein impartía a sus alumnos en el Trinity Collage".
"Siempre que leo algo escrito por usted me produce algo muy extraño, me abisma y me sobrecoge la lucidez mental que se desprende de todo lo suyo. Pienso que detrás de este trabajo existe una tarea casi inhumana, una capacidad increíble y una lógica abrumadora, por lo menos para mí que soy una persona común y corriente", le había escrito desde Berna cuando recibió de regalo un ejemplar del Tractatus. Tan "común y corriente" como una mujer suiza de inicios del siglo pasado que paseaba libremente por Europa, que pertenecía al voluntariado de la Cruz Roja, que leía con fruición a Freüd.
"¿Qué hacer en Chile con este conjunto de inquietudes que se agolpaban en su mente? se pregunta el autor. Conversar con su marido era conveniente, pero no del todo satisfactorio (...) porque las premisas de muchos de esos asuntos sólo eran entendidas entre ella y Ludwig".
Pese a la compleja personalidad del filósofo, a sus acciones extremas -rechazar la herencia familiar, el ascetismo en la cabaña de Noruega, las clases a niños en las aldeas de Austria o el interés por realizar trabajos de obrero en la Unión Soviética- y su permanente indecisión, Margarita mantuvo una permanente admiración por él, la que quedó expresada en una carta que escribió una alumna de Wittgenstein en el Trinity Collage.
Esta carta pasó a manos de Gretl, hermana de Ludwig, quien la reenvió a Margarita las semanas previas a su viaje a Chile: "A la edad de cuarenta años parece un joven de veinte, con una belleza divina... y me resulta terrible en su pureza no terrenal... Imparte clases en una ascética habitación hermosa en su vaciedad casi total... A veces parece un Apolo que saliendo de su estatua hubiera recibido la vida, o tal vez el Dios escandinavo Baldur... Yo me he sentido dispuesta a avanzar hacia sus rayos, pero no todos habían sido elegidos por el Sol".
Este fue el último mensaje que recibió Margarita antes de su partida a Chile. Tal vez, solo tal vez, recibió otros, como la noticia de la muerte de Ludwig en Cambridge en 1951.
Margarita murió en el 12 de mayo de 2000 en Chile. La esquela en El Mercurio de Valparaíso no recuerda que ella fue la novia del filósofo, de "quien fue, que se sepa, -escribió Ray Monk, biógrafo de Wittgenstein- la única mujer de la que se enamoró".
Terra Magazine