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Duffy, la versión clean de la escandalosa Amy Winehouse

Cortesía
Las voces soul femeninas ahora vienen de Europa: tras Amy Winehouse y Joss Stone, la nueva promesa mediática es galesa y se hace llamar simplemente Duffy.

Nicolás Mayo
Buenos Aires, Argentina

En una época, Madonna quería ser inglesa. Corrían los 90, y la diva no sólo se casó con un muchacho británico, Guy Ritchie, sino que se dedicó a estudiar el dance europeo y editó un disco que fue el resultado de ese interés, Ray Of Light. Después volvió a los Estados Unidos para intentar resucitar sus raíces, pero se quedó a mitad de camino. En el medio, sentenció a dos de sus potenciales sucesoras con un "beso de la muerte" a cada una. Primero fue Britney Spears, en los premios MTV. Después le tocó a Cristina Aguilera. Sería exagerado afirmar que Madonna trae mala suerte, pero es curioso el modo en que, a partir de estos eventos, sus actitudes fueron verdaderas "piedras" en el camino de varias, y también lo es que ese acercamiento congeló a las lolitas estadounidenses, las mismas que ayer paseaban su juventud por los charts y hoy parecen fuera de juego.

Porque la chispa, en los últimos años, la vienen encendiendo las chicas británicas. Las hay para todos los gustos, con diferentes atributos musicales, comportamientos e historias personales. Pero todas fueron impulsadas por el mismo convencimiento por la música soul. La primera fue la blonda Joss Stone, que irrumpió con sólo dieciséis años: look neo-hippie, una voz envidiable. Fue la primera en sugerir que a las chicas inglesas les gustaba la música negra, y la que más se destacaba hasta que llegó Amy Winehouse para desplegar su arsenal de escándalos y hits. Justamente Amy, que ya saboreó las mieles del éxito planetario con Back To Black, acaba de reeditar Frank, un primer disco de 2003 que en su momento había pasado casi inadvertido, otra muestra que confirma que el contexto cambió radicalmente en los últimos años. El título responde al amor de Amy por Frank Sinatra, que había fallecido recientemente. Hoy se reeditó en una versión doble, con un álbum de rarezas: varios demos, versiones en vivo en el programa de Jools Holland, varios inéditos y cuatro remixes a cargo de algunos popes en el arte de resucitar los hits que no fueron a puro electroshock pistero.

Amy, sin embargo, sigue nutriendo su fama más por sus apariciones mediáticas que por su música. Por otra parte, una sombra se erige sobre sus espaldas, por lo menos en lo relacionado a la posición de sus canciones en los ranking. Es una sombra rubia, que también se llama Amy, pero que musicalmente responde al nombre de Duffy. Otra chica, sí, proveniente de Gran Bretaña pero dedicada al soul. Amy Anne Duffy nació en Cardiff, Gales, en 1984. Grabó un par de EPs en su idioma natal, terminó segunda en la versión regional de Pop Idol, y cuando el techo del mercado local chocó con su peinado a lo Dusty Springfield, se mudó a Londres. Allí conoció a Bernard Butler, quien en los 90 tuvo su momento de gloria al frente de Suede, el grupo que lideró con el irascible Brett Anderson y que abandonó después de su segundo disco.

Butler, que ahora se destaca como productor, vio en Duffy un diamante en bruto, con un futuro enorme. Y no se equivocó. El año pasado, en medio del huracán Amy Winehouse, cuenta la leyenda que la estrategia consistió en presentar a la rubiecita como una figura exactamente opuesta a la Amy descontrolada. Duffy es sencilla, lo que se dice una chica de su casa, con un contrastante perfil bajo y una dulzura que evidentemente no empalaga al público. Sucede algo curioso con la música de Duffy: funciona para todas las edades, y casi logra conformar a todos los públicos, desde los más exigentes a los amantes de los éxitos del momento. Quienes disfruten de esas voces femeninas que se imponen con personalidad y firmeza, Duffy lo tiene todo. Los que deseen dejarse sorprender por las orquestaciones a lo Phil Spector, pueden cerrar los ojos y trasladarse a mediados de los 60, cuando la aparición de princesitas pop con deseos de triunfar era cosa de todos los días. Mercy, el hit que catapultó a Rockferry, es una bomba de tiempo que Duffy y su banda detonan con buen pulso y una orquestación afilada. Pero si Mercy es el hit que suena en las radios, los dos temas que sugieren que esta chica es cosa seria son los compuestos por ella junto a Butler. El primero, que le da su nombre al álbum, es una joyita de cuatro minutos que propone un viaje en el tiempo, mientras obliga a cualquier oyente con sangre en las venas a seguir el ritmo. El otro punto alto es Distant Dreamer, la canción que cierra Rockferry, una obra maestra en miniatura de producción pop con orquesta. En el medio, hay que decirlo, el álbum navega por determinados lugares comunes, que no se harían tan evidentes si la producción del resto no fuera tan desafiante. El saldo, en todo caso, es sumamente positivo.

Así están las cosas, entonces, en el apasionante mundo del pop femenino, que tiene a Gran Bretaña ocupando el rol de usina de talentos, curiosamente rindiéndole tributo a la música que en otras épocas caracterizó el espíritu norteamericano. Del otro lado del charco las cosas están raras: el r'n'b, género insignia de sus últimos logros, ya acusó fecha de vencimiento. Y es el reggaeton, surgido de las entrañas de la música latina, el que domina la escena. Pero hay algo que está claro: la diversión, por lo menos en materia de chicas y música pop, hay que ir a buscarla al Reino Unido.

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