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Reproducción
Muchos añorarán este invierno 2008 a la vieja estufa a carbón de leña.
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Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
"No me ha resultado fácil insertarme en Santiago; con decirte que el otro día pedí una pizza por teléfono y al oír mi acento argentino me respondieron que cuando nosotros les repusiéramos el gas, ellos me enviarían la pizza".
La anécdota xenófobo - económico - gastronómica, contada por un periodista trasandino que vino a Chile a hacerse cargo de un sitio web de temas financieros, refleja cuán sensible se ha vuelto el tema de con qué nos estamos calentando (en sentido literal y metafórico).
Con el gas licuado por las nubes, el suministro del gas natural prácticamente cortado, y los demenciales precios mundiales del petróleo, se han trastocado incluso los símbolos de estatus. Si hace cinco años, muchos hogares ABC1 de Santiago optaron por reconvertirse y hacer funcionar sus sistemas de calefacción central con el limpio y entonces barato suministro de gas argentino, hoy en La Dehesa los espaciosos living rooms, con sus sofás Matta, sus sillas Valdés, sus esculturas y sus alfombras persas, rinden tributo al ingenio japonés, que transformó algo otrora despreciado en un auténtico símbolo de estatus: la estufa a parafina.
Pero ojo, que no hablamos de la setentera foguita, con su típico tarro con agua y hojas de eucaliptus encima para paliar en algo sus altos índices de contaminación intradomiciliaria. No, nos referimos a la maravilla venida del Lejano Oriente, de Japón: la Toyotomi, que los informados de este país, viendo cómo se venía el invierno, la compraron cuando el termómetro marcaba casi 40 grados.
En pleno verano, gente como el director de inversiones de la administradora general de fondos Larraín Vial, el ingeniero comercial José Manuel Silva, se abalanzó al mall en pos de su par de Toyotomis, que cuestan entre 170 mil y 300 mil pesos, temperan un área de cien metros cuadrados, contaminan diez veces menos y consumen 0,3 litro por hora contra el 0,5 por hora de las estufas a parafina corrientes. Inspirado en el sentido previsoramente fatalista del rey Midas del chip, Andrew Grove, presidente de Intel, el ingeniero chileno y muchos otros consumidores privilegiados hicieron suya la frase "sólo los paranoicos sobreviven" y compraron en enero los que les permitiría pasar agosto. La demanda por las Toyotomi ha agotado el stock más de una vez, sorprendiendo a medio mundo con un boom de consumo impensado. Quizás muchos recuerden este 2008 como el año de la reivindicación de la estufa a parafina en los estratos altos... y del brasero en los bajos.
Aunque en las poblaciones y campamentos, las tarreadas y contaminantes estufas tradicionales a parafina siguen siendo el método de calefacción más común, este lluvioso otoño los altos y crecientes valores que ha alcanzado el kerosene, han reflotado el todavía más tóxico y peligroso brasero.
El jueves pasado (5 de junio) el precio del litro de parafina aumentó en 44 pesos, llegando a unos 660 pesos, lo que para los millares de chilenos que compran en botellas de bebida el combustible para no entumirse en sus viviendas mínimas, resulta una sangría. Eso, mientras aún no se hace efectiva la inyección de mil millones de dólares al Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles anunciada por el gobierno, que paliará en un 60 por ciento el alza, pero que no apaciguó en nada la indignación de los camioneros.
Y aquí entramos al tema del diésel, que poco a poco ha ido perdiendo su valor como argumento de venta de automóviles. Tal como la Toyotomi, las versiones petroleras de los 4x4 y de los automóviles de lujo y de los otros, se habían convertido en un evidente símbolo de estatus. Para los que pueden darse el gusto de manejar el modelo del año, estos vehículos ofrecían un doble ahorro, comparados con los bencineros: menor precio del combustible y mayor rendimiento, pero de nuevo el alza dislocada del precio del crudo ha dado vuelta la situación en cuestión de semanas. Hoy el litro de diésel cuesta 20 pesos más que el de la bencina de 93 octanos, con valores de 662 y 642, respectivamente. A reconvertirse, de nuevo.
El paro de los camioneros, sin embargo, no responde a modas ni a símbolos de status. Ellos, que son el motor de una economía que se mueve (de nuevo literalmente), decidieron parar, pidiendo una medida radical: el término del impuesto a los combustibles. Alegan que sólo ellos y la industria del tabaco, son castigados con un gravamen especial, y hasta la mañana de ayer viernes (6 de junio) estaban decididos a no moverse, mientras no se reconsiderara su situación. En el caso del tabaco la excepcionalidad se entiende, pero en el de los transportistas no.
Con el gobierno por las cuerdas y la presidenta atormentada por las reminiscencias a lo sucedido durante el gobierno de la Unidad Popular, con el riesgo de desabastecimiento y violencia, el paro logró ser superado, pero en ningún caso con la plena satisfacción de los dirigentes. Hay varios de ellos que no están del todo contentos con el arreglo logrado.
Con sus particularidades, la protesta de los camioneros chilenos no es aislada. En Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, España, Indonesia, Guatemala, las protestas del sector transporte se han hecho sentir, poniendo de manifiesto cómo el tema de la energía es sin duda el dominante en los tiempos que corren. El tema de moda. Claro que a unos les afecta más que a otros. Qué más elocuente que la dualidad toyotomi/brasero.
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