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Wikimedia/Gentileza
"Trinchera Norte" es la principal barra organizada del club peruano Universitario de Deportes.
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Marcel Velázquez Castro
Lima, Perú
Miércoles 25 de junio. Unos setenta jóvenes barristas de Universitario, equipo de fútbol peruano, se desplazan por las calles de San Martín de Porres. Desde una moto, un joven identificado como miembro de la barra "Ribera del Río" de Alianza Lima realiza numerosos disparos contra ellos. Un muerto y siete heridos de bala. Pocos días después, la barra brava "Los Respaldo" de Alianza Lima se enfrentó a los grupos "Holocausto" y "Los Sicarios" de Universitario en Villa El Salvador, y hubo dos heridos de bala.
El clásico del fútbol peruano queda suspendido porque la Policía Nacional reconoce su incapacidad de brindar seguridad ante la ola de violencia callejera iniciada por las denominadas "barras bravas". La madrugada del lunes 30 la venganza se consuma: dos adolescentes de 16 años miembros de la "Trinchera Norte" apuñalan a Rudy Price Escobar, miembro del "Comando Sur". La sangre se paga con sangre.
En el Perú, el fenómeno de la delincuencia juvenil crece incontrolablemente. Según cifras extraoficiales, en Lima hay más de 500 pandillas juveniles con cerca de 20.000 miembros. Se pueden clasificar en pandillas escolares, barras bravas o pandillas delictivas. El 14% de los limeños ha sido víctima de agresiones de pandillas en los últimos doce meses y el 93% considera que este problema es muy grave (IPSOS Apoyo).
¿Por qué florecen las pandillas en un mundo global y en una sociedad con cifras macroeconómicas de crecimiento sostenido? ¿Cómo se gestan las relaciones entre las barras bravas y las pandillas delictivas? ¿Cuál es el papel de los nuevos medios tecnológicos entre estas tribus urbanas?
La neotribalización de la sociedad de masas es un fenómeno propio del mundo contemporáneo. Por un lado, se imponen formas de sensibilidad, sociabilidad y consumo cultural comunes, con la consecuente desindividuación; por el otro, se incrementan las microsociedades que garantizan al sujeto un vínculo social perdurable, una cohesión de ideales y un refugio emocional que el mercado no puede ofrecer.
La mayoría de las pandillas juveniles son una respuesta social que busca reconocimiento e inclusión en sociedades donde las formas institucionales tradicionales (familia, escuela y trabajo) están en crisis o abierta descomposición. La adhesión incondicional al líder, la red de lealtades y el territorio delimitado manifiestan una desesperada voluntad de afirmar una identidad individual/social y filiarse con un espacio propio.
Las pandillas juveniles poseen estructuras tradicionales regidas por el orden y la jerarquía, pero están, simultáneamente, globalizadas. Los Latin Kings, la Mara Salvatrucha, la Mara 18, entre otros, son parte de los rostros globales de nuestros tiempos. Sin embargo, ante un mundo desterritorializado por la lógica del capitalismo global, el cuerpo de los pandilleros busca recuperar la plena integración con el territorio físico o simbólico. El imperativo de goce del capitalismo tardío se vive entre las pandillas juveniles a costa del daño o perjuicio de los otros, su goce se funda en la trasgresión social y el dolor ajeno.
En la ciudad de Lima, los distritos con más pandillas son Comas, Villa María del Triunfo, San Juan de Lurigancho, El Agustino y el Callao. El perfil del pandillero típico remite a las cicatrices de la pobreza, la violencia familiar, la exclusión social, el desempleo y el consumo de drogas. A pesar de ello, el fenómeno no puede ser reducido a los típicos problemas de los barrios periféricos pobres; hoy, las pandillas ganan terreno entre las clases medias.
El Decreto Legislativo 990 del año 2007 define a la pandilla perniciosa como aquel "grupo de adolescentes cuyas edades fluctúan entre los doce y dieciocho años y que actúan en forma conjunta para atentar contra la integridad física, la vida, el patrimonio o la libertad sexual de las personas o dañar bienes públicos o privados u ocasionar desmanes que alteren el orden público". Esta norma ha aumentado las penas contra los miembros de pandilla que cometan actos ilícitos. Sin embargo, la mera represión legal nunca ha solucionado un problema sociocultural.
Las barras bravas del fútbol peruano constituyen una minoría social que posee el monopolio de la representación simbólica de los aficionados a este deporte. Ellas han sido siempre refugio para delincuentes de menor monta. Los equipos más populares se precian de tener varios conjuntos de hinchas capaces de enfrentarse violentamente contra los rivales, y esto satisface la lógica machista de este deporte: "Mi equipo pierde el partido, pero yo le pego a los hinchas rivales". En el peregrinaje hacia el estadio, las barras bravas suelen robar y saquear; durante los partidos consumen alcohol y se drogan.
Las pandillas juveniles de delincuentes tienen en las numerosas barras bravas una cantera para sus miembros. Los más "faites", los más avezados se convertirán en los futuros asaltantes o secuestradores. Se multiplican las leyendas urbanas que celebran la vida breve pero intensa de quienes no tienen nada que perder. El cuerpo tatuado con las banderas de los equipos empieza a incorporar las cicatrices de los puñales enemigos o las huellas de las balas: el reino del fútbol es reemplazado por el imperio del crimen.
Los reportajes televisivos o periodísticos solo sirven para avivar el fuego. Los pandilleros posan, actúan violentamente, muestran su cuerpo y lanzan gritos de guerra contra los otros. "Maté a dos con un desentornillador", "mi pistola goza disparando", "yo solo busco respeto". El sensacionalismo obtiene un buen titular y el líder de la pandilla ratifica su poder.
Las nuevas tribus urbanas son adictas a las tecnologías de comunicación. Las pandillas juveniles emplean el celular, el Chat, las páginas Web, el Hi5. No les basta el territorio acotado de un barrio o unas cuadras, también luchan por una cuota en el ciberespacio. Allí obtienen respeto, narran sus gestas épicas, sueñan, pero, sobre todo, buscan el reconocimiento y la visibilidad social que la ciudad hegemónica les niega.
Las pandillas juveniles exigen una respuesta sistémica fundada en políticas sociales, las barras bravas deben ser enfrentadas por todos los actores del fútbol peruano. No obstante, antes de actuar hay que escuchar sus voces, porque sus mensajes contienen las promesas y las amenazas del mundo que nosotros hemos construido.
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Terra Magazine