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Helen Álvarez/Terra Magazine
El tejido en totora es una práctica que se transmite de generación en generación. Bertha Soto recuerda eso de su infancia.
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Bertha Soto es una mujer aymara que ha comenzado a escribir un nuevo capítulo de su vida y lo está haciendo en el papel de totora que ella misma fabrica y que no daña el medio ambiente.
El junco acuático acompaña la vida de quienes habitan las poblaciones aledañas al lago Titicaca; para los niños y niñas es su primer juguete, en su aspecto natural o trenzado en todas las formas imaginables. El tejido en totora es una práctica que se transmite de generación en generación. Bertha Soto recuerda eso de su infancia; ella jugaba con las plantas que recogía del agua y lo mismo hicieron sus dos hijos, que ya son adolescentes.
El lago es una fuente de ingreso para las familias del lugar. Ubicado a 3.810 metros sobre el nivel del mar, en el altiplano entre Perú y Bolivia, posee una variedad de peces que mantiene en actividad a cientos de pescadores. La vegetación también es aprovechada, en especial la totora, la planta más representativa del lugar que llega a medir hasta tres metros. El turismo, sin embargo, es uno de sus grandes potenciales, no en vano el gobierno departamental de La Paz lleva adelante una campaña para su nominación como una de las nuevas maravillas naturales del mundo.
Suriqui, una pequeña isla que se halla en el lago menor del Titicaca, y las familias Limachi y Esteban, nacidas allá, han ganado prestigio gracias a la totora. Las manos de Paulino Esteban y José, Juan y Demetrio Limachi, fabricaron la embarcación de 12 metros de largo que cruzó el océano Atlántico, un proyecto de los expedicionarios Thor Heyerdahl y Kitín Muñoz. Ahora ese barco de totora reposa en el museo Kontiki de Oslo, en Noruega.
Bertha Soto no sabe de esas historias, ni escuchó hablar de sus coterráneos que son conocidos en el viejo continente. Ella nació y creció en Copacabana, capital de la provincia Manco Kapac, importante localidad paceña porque allá se encuentra la imagen de la Virgen de Copacabana, una de las más veneradas en Bolivia por la comunidad católica. De adolescente emigró a la ciudad de La Paz donde fue trabajadora del hogar durante siete años, pero volvió al lago y formó una familia.
Su compañero nació en la Isla del Sol, un santuario de la época incaica donde vivían jóvenes vírgenes consagradas al dios Sol. Allí construyeron su casa y se dedicaron a la agricultura. Esa vivienda quedó abandonada desde hace dos años, cuando un accidente de tránsito acabó con la vida de su pareja. Soto siente que todavía no está preparada para afrontar el vacío de ese lugar. Pero lo que sí tuvo que encarar fue una deuda bancaria y el sueño de darles educación y profesión a sus hijos, algo a lo que ella no pudo acceder.
La tragedia hizo que Bertha Soto y su amiga Valentina Campos recordaran cómo experimentaban con la totora, mientras los niños jugaban en la playa. La gente ribereña aprende a tejer en totora casi sin darse cuenta. Los objetos que fabrican son para el uso cotidiano, pero fundamentalmente para la venta, ya que las fuentes laborales son escasas.
La versatilidad del junco y la habilidad innata de la gente está plasmada no sólo en los botes, sino también en sillones, mesas, esteras, cestos y todo tipo de adornos. Pero las dos mujeres aprendieron a hacer papel y ahora esa es su fuente de ingresos, aunque todavía incipiente, en una suerte de sociedad basada en la solidaridad.
El trabajo comienza con la "cosecha" de la planta que se reproduce rápidamente en las aguas salinas del Titicaca. Una vez por semana, Bertha Soto se sube un bote y se adentra en el lago junto con un ayudante. En un día recoge entre 80 a 100 kilos de totora suave y fresca que le servirán para fabricar semanalmente unas 50 hojas tamaño carta; el junco que crece en la orilla no le sirve porque es más duro y delgado. Luego viene el picado que es tarea familiar y tras cinco horas de cocción la totora se convierte en una masa pastosa que se moldea en bastidores hasta conseguir una fina lámina de papel que sirve también para hacer sobres.
Soto hace ese trabajo y su amiga, que tuvo que emigrar al valle de Cochabamba, fabrica cuadernos forrados con aguayo, un tejido andino. Y también se dan tiempo para seguir experimentando; han intentado producir papel con hoja de coca, pero es poco resistente y necesitaron 12 kilos para fabricar una hoja de papel tamaño carta. Sin embargo, no se han dado por vencidas y siguen probando.
Su papel de totora, de color café claro, un tanto áspero y con pequeños rastros de cáscara, se está abriendo paso en los mercados de La Paz y Cochabamba, y ya tienen pedidos para la elaboración de invitaciones y tarjetas. Pero les falta mucho, así que ambas siguen promocionando su producto que sirve, como dice Bertha Soto en un jingle que se difunde por Radio Deseo, "para escribir tus cartas de amor y tus pensamientos".
Terra Magazine